El perro llegó y se fue a su tiempo. El perro, se fue, y yo me quedo con su recuerdo, su cama, su correa y un sin número de artilugios perrunos que adquirimos, más para mi disfrute que para el suyo, en realidad.
El perro fue, en todo el tiempo que compartimos, compañía cercana. No hubo ni una sola ocasión en que se distanciara del momento presente y se perdiera en recuerdos o en ansiedad por lo que iba a ser del futuro. Más bien, era a mi a quien le pasaba eso, pero el perro me ayudaba siempre a volver y aterrizar; a disfrutar de los detalles perceptibles en el cambio de estaciones, del placer de cansar las piernas con una larga caminata, de una profunda siesta de lento despertar, de volver a ver a alguien que reconoces y te sonríe.
El perro fue quién dio pie sobre todo a entender que la perfección no es alcanzable, ni por unos, ni por otros. Y que en los matices de la imperfección, nos construimos, deconstruimos, reconstruimos, y en conjunto nos volvemos un «nosotros», sobre todo por voluntad y elección. Claro, nada de esto cruzaba la mente del perro, pero por alguna razón ahora que le pienso, no me queda duda de que me lo enseñó.
De cierta forma, habrá que aceptar que fue el perro quién decidió sumarse a mi vida y no yo quien definí que se quedaría en ella el tiempo que fuera posible compartir.
El perro llegó, estuvo aquí y se fue a su tiempo. El perro se fue, y yo me quedo con su recuerdo, una galería digital llena de fotos y videos de sus rutinas, tan repetitivas como especiales a mis ojos y un sinnúmero de anécdotas. El perro se fue, y aunque sé que fue la decisión correcta, todavía hoy al volver a casa me invade la nostalgia y quisiera que siguiera aquí.
